Transición energética: la mayor oportunidad económica para América Latina y el Caribe


La transición energética justa abre un enorme abanico de posibilidades en materia económica en América Latina y el Caribe. Más allá de un cambio en la matriz energética, permite repensar modelos de desarrollo que han mostrado sus límites, diversificar la producción, generar empleo, fortalecer los territorios y cerrar brechas sociales.
Aprovechar estas oportunidades dependerá de la adopción de políticas públicas, regulaciones e inversiones que impulsen estos cambios, así como de la capacidad de integrar estas soluciones de forma estructural en la economía y la sociedad, y no solo como sustitutos energéticos.
Una nueva economía
Industrialización verde y cambio estructural
La transición energética justa permite pasar de economías primario-exportadoras a economías más diversificadas, de mayor complejidad, y con mayor valor agregado, mediante el desarrollo de sectores como la manufactura de tecnologías limpias. Este proceso estimula la innovación, promueve nuevos mercados y reduce la dependencia de importaciones.
Actualmente, la participación de América Latina y el Caribe en mercados vinculados a la transición es limitada, según el Banco Mundial. Una política industrial regional podría acelerar el desarrollo de capacidades, fortalecer cadenas de valor y promover nuevos sectores productivos descarbonizados.
Generación masiva de empleo
Las energías renovables requieren más mano de obra que los combustibles fósiles. Por ello, una transición que impulse estas fuentes y promueva la diversificación productiva puede generar más empleo, incluso sustituyendo los que actualmente se encuentran vinculados a los combustibles fósiles.
Hoy, el sector de energías renovables genera aproximadamente 1,7 millones de empleos en América Latina y el Caribe. Además, la descarbonización podría crear hasta 15 millones de empleos adicionales hacia 2030, con impactos positivos en jóvenes, mujeres y territorios, según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo.
Economías más estables y territorios más equilibrados
Fortalecimiento comercial regional
La transición energética puede reducir la vulnerabilidad frente a las variaciones de los precios internacionales de los combustibles fósiles, mejorando la estabilidad económica. Esto, junto con el fortalecimiento institucional, logístico y de infraestructura, permitiría una posición comercial más sólida, mejorando la balanza de pagos y la capacidad de respuesta ante crisis globales.
Desarrollo territorial
La transición abre la posibilidad de reorientar el desarrollo territorial, promoviendo una distribución más equitativa de los beneficios económicos. A través de inversión en infraestructura, acceso a energía limpia y fortalecimiento institucional, se pueden cerrar brechas históricas a nivel subnacional en los diferentes países de la región.
También permite avanzar en instrumentos de política económica que favorezcan la convergencia territorial y actúen como mecanismos frente a choques económicos.
Estados más fuertes y nuevas bases económicas
Reconfiguración fiscal
La transición energética implica una transformación en las fuentes de ingreso de los estados. Por un lado, amplía la base gravable a partir de nuevos sectores productivos. Por otro, plantea la reducción de subsidios a combustibles fósiles y el fortalecimiento de la carga impositiva sobre estas actividades.
En la región, ya se han observado avances: desde 2016, las subvenciones a los combustibles fósiles han disminuido significativamente como porcentaje del PIB.
Integración energética regional
La cooperación entre países para compartir infraestructura energética puede reducir costos, diversificar las matrices energéticas y garantizar una oferta más estable. Experiencias como el sistema de interconexión eléctrica en Centroamérica muestran el potencial de avanzar hacia mercados energéticos regionales.
La integración energética podría representar ahorros significativos en inversión y fortalecer la seguridad energética en América Latina.
Mejor calidad de vida
Reducción de la pobreza energética
La transición energética permite ampliar el acceso a energía en territorios aislados y mejorar la provisión de servicios básicos como salud y educación. También contribuye a reducir riesgos para la salud asociados al uso de combustibles contaminantes en los hogares.
En algunos países de la región, una parte importante de la población aún depende de biomasa para cocinar, lo que evidencia el potencial de la transición para mejorar condiciones de vida, como lo ha señalado el Banco Interamericano de Desarrollo.
Electromovilidad y multimodalidad
El transporte es uno de los sectores más dependientes de combustibles fósiles. La transición abre la posibilidad de transformarlo mediante sistemas más limpios, eficientes y adaptados a las necesidades territoriales.
En América Latina, el transporte representa más del 39% del consumo energético final. Algunos países ya han avanzado en la implementación de buses eléctricos y otras soluciones, abriendo oportunidades económicas y de reindustrialización.
Transformación con equidad
Transformación del sector minero
La transición energética implica una creciente demanda de minerales críticos como el litio, el níquel o el grafito. Esto representa una oportunidad para la región, siempre que se promueva un desarrollo que priorice criterios ambientales, de generación de empleo, gobernanza activa de las comunidades y fortalezca encadenamientos productivos nacionales y regionales.
La demanda de estos minerales podría multiplicarse en las próximas décadas, según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía. Países como Bolivia, Chile y Argentina cuentan con un alto potencial en estos recursos, lo que podría impulsar procesos de desarrollo territorial si se acompaña de políticas adecuadas.
Reducción de las brechas de género
La transición energética justa abre oportunidades para aumentar la participación de las mujeres en el sector energético, tanto en empleo como en toma de decisiones.
Aunque la participación femenina en energías renovables es mayor que en el sector fósil, aún existen brechas importantes. La formación en áreas STEM y el impulso a la diversidad pueden generar impactos positivos a nivel económico, social y ambiental.
La transición no es solo ambiental
La transición energética no es solo un desafío ambiental. Es una oportunidad para transformar la economía de América Latina y el Caribe, fortalecer sus Estados y mejorar la calidad de vida de su población.



