Los sistemas eléctricos del mundo están cambiando, empujados por tecnologías que hoy son las más baratas. Colombia enfrenta ese cambio con una ventaja —una base hídrica limpia y flexible—, pero con unas reglas diseñadas hace más de treinta años.
La transición energética se ha consolidado como uno de los grandes desafíos del siglo XXI y su principal motor ya no es la urgencia ambiental, sino la económica: las fuentes de generación solar y eólica son hoy las opciones de menor costo para nueva capacidad en casi todos los países. Pero el cambio va más allá de la competitividad de estas tecnologías. La electrificación de usos finales de energía, la digitalización, el almacenamiento, la generación distribuida y una demanda cada vez más activa están modificando al mismo tiempo lo que un sistema eléctrico puede hacer y lo que se le puede pedir. A esto se suma que el sector eléctrico es el llamado a habilitar la transformación de otros sectores como el transporte, la industria y las edificaciones, lo que obliga a mirarlo como un todo.
En Colombia, el debate suele centrarse en la expansión de las energías renovables, la reducción de emisiones y el futuro de los combustibles fósiles. Estas son discusiones necesarias, pero insuficientes para comprender el momento que atraviesa el país. El cuello de botella no está en las tecnologías ni en los recursos disponibles, sino en cómo se entiende el sistema y en las reglas que hoy rigen su planificación, expansión y operación, diseñadas hace más de treinta años para un contexto que ya cambió.
Lectura recomendada: Para profundizar en los ajustes necesarios, consulte el reporte Cambios regulatorios, de planificación y de mercado para acelerar el despliegue de energías renovables no convencionales en Colombia.
A diferencia de muchos países que buscan reemplazar sistemas eléctricos altamente dependientes del carbón o del gas, Colombia parte de una realidad distinta. Durante décadas ha construido un sistema alrededor de sus recursos hídricos y de la generación térmica. Fue una buena decisión: eran las tecnologías disponibles, confiables y económicamente viables en su momento, y el sistema se diseñó a la medida de ese contexto. El resultado es una matriz de generación predominantemente renovable, en la que cerca de dos terceras partes de la electricidad provienen de fuentes hídricas. Esta base ofrece hoy una ventaja que pocos países pueden exhibir: la flexibilidad para integrar energía solar y eólica a gran y a pequeña escala.
Ese punto de partida cambia la naturaleza del desafío. La pregunta ya no es únicamente cómo incorporar más energías renovables, sino cómo transformar el sistema eléctrico para incorporar a escala las tecnologías que son hoy más baratas y traducir esa ventaja en menores costos, mayor confiabilidad y mejores condiciones para la inversión, la competitividad y el bienestar de la ciudadanía.
Hablar de transformación, y no de transición, implica ampliar la conversación. La transición suele entenderse como el cambio de unas tecnologías por otras; la transformación, en cambio, supone revisar cómo se planifica, expande y opera el sistema eléctrico para responder a las necesidades del futuro. No basta con instalar más paneles solares o parques eólicos. Se requiere una planificación de largo plazo que acompañe la evolución tecnológica del sector y unas reglas de mercado que respondan a las características de las nuevas tecnologías y permitan aprovechar la complementariedad entre los recursos disponibles en el sistema.
Lectura recomendada: Conozca las experiencias y buenas prácticas de otros países de la región en el reporte Buenas prácticas regionales para acelerar el despliegue de energías renovables no convencionales.
Este enfoque es especialmente relevante porque el sistema eléctrico colombiano enfrenta retos que van más allá de la incorporación de nueva capacidad de generación. El crecimiento de la demanda, el cambio de su perfil debido a la electrificación, una mayor vulnerabilidad climática, la integración de nuevas fuentes renovables y la necesidad de mantener tarifas competitivas exigen una visión integral del sistema. Todos esos factores obligan a revisar criterios que se daban por establecidos. La confiabilidad, por ejemplo, ya no se puede limitar a cuánta energía aporta cada planta de forma individual, sino que debe considerar la capacidad de todo el sistema para garantizar el suministro en el largo plazo y responder de manera segura, flexible y eficiente en distintos escenarios.
El estudio Transición Energética Justa en Colombia: Ruta técnica para un sistema eléctrico confiable, limpio y de menor costo analiza distintos escenarios de expansión del sistema eléctrico colombiano. Sus resultados muestran que la expansión de menor costo incorpora parques solares y eólicos y no agrega nueva capacidad térmica, y que hacia el final del horizonte analizado (2038), cerca del 95 % de la generación proviene de una combinación de generación hidráulica, solar y eólica. Esa trayectoria reduciría el costo de generación un 53 % y el costo unitario de la tarifa eléctrica un 29 % frente al escenario tendencial, siempre que el proceso esté acompañado por ajustes en la planificación, la operación, la transmisión y la regulación del sector eléctrico.
Entender la transformación en estos términos también cambia la conversación pública. Durante mucho tiempo, el debate se ha planteado como una elección entre tecnologías o como una tensión entre seguridad energética, desarrollo económico y sostenibilidad ambiental. Por el contrario, hay países que ya avanzaron en esa transformación y hoy cuentan con sistemas más baratos, seguros y limpios. El verdadero desafío consiste en adaptar el sistema a las nuevas condiciones de manera eficiente y confiable, aprovechando las oportunidades que estas representan para hogares, empresas e industrias.
Más que preguntarnos cuántos proyectos renovables necesita Colombia, deberíamos preguntarnos qué tipo de sistema eléctrico queremos construir en medio de este cambio de paradigma. Responder esa pregunta supone:
- Actualizar las reglas del mercado para que respondan a las características de las tecnologías entrantes.
- Usar mejor los recursos existentes: la capacidad hídrica no como base de generación, sino como una gran batería.
- Aprovechar mejor la capacidad de las redes de transmisión.
- Diseñar mecanismos acordes con una estructura de costos intensiva en capital, como los contratos de largo plazo para las energías renovables.
- Planificar la expansión del sistema de manera integral y proactiva.
- Reinterpretar la confiabilidad en el sistema que se está construyendo.
Lecturas recomendadas: Una posible ruta para llevar esta agenda a la práctica se desarrolla en el reporte De la identificación a la implementación: Estrategia institucional para acelerar el despliegue de energías renovables no convencionales en Colombia. Consulte también el reporte Oportunidades y propuestas para la incorporación de co-beneficios en subastas de energía renovable no convencional en Colombia, que presenta propuestas para integrar beneficios sociales, económicos, ambientales y territoriales en estos mecanismos de contratación.
La transformación del sistema eléctrico no se limita a cambiar la matriz de generación. En Colombia, ese camino comenzó hace varias décadas; el siguiente paso es más ambicioso: transformar el sistema eléctrico para convertir una ventaja histórica en una plataforma de desarrollo económico, competitividad y bienestar.
La pregunta no es si el sistema eléctrico colombiano va a transformarse, pues la economía de las nuevas tecnologías ya lo está empujando, sino si el país va a conducir esa transformación o va a dejar que lo atropelle. La inacción no evita el cambio: solo encarece la factura y aumenta la vulnerabilidad del sistema. Colombia tiene la oportunidad de demostrar que un sistema limpio también puede ser confiable, eficiente y competitivo.